Mercè Pla

Bolivia

acoger · acompañar · despedir

Este concepto refleja la importancia del proceso en la relación educativa: acoger a la persona, acompañar su proceso y, finalmente, despedir de manera adecuada, cerrando el ciclo de intervención con respeto y sentido.

Mi experiencia en el Raval fue única, pero necesitaba viajar y moverme un poco. Pasé dos meses sola en Bolivia en un orfanato con niños, un mes en Argentina con un grupo de cinco voluntarios en una guardería y dos meses en Perú, sola en una comunidad de religiosas…

Era feliz haciendo estos voluntariados y, al mismo tiempo, crecía mucho como persona. Quizás al llegar a la universidad, con la mochila llena de nombres, momentos, sentimientos, situaciones y, sobre todo, la vida de otras personas, cada una a su manera, me di cuenta de que el camino del educador es acompañar y dejarse tocar e interpelar para crecer también.

"A veces, con nuestra práctica, tapamos el problema, no le damos espacio, no dejamos que la persona protagonista tenga un espacio para reflexionar y decidir por sí misma y, en ocasiones, la sustituimos y decidimos por ella".
(La práctica de la relación educativa, 19 de marzo de 2004)

"Se propone mucho y se escucha poco, se parte de lo que a nosotras nos gustaría y no de lo que la mujer necesita o está dispuesta a hacer".
(La práctica de la relación educativa, 19 de marzo de 2004)

En Argentina (El Pozo del Tigre), eran muy pobres, pero yo los veía felices, a pesar de que sufrían. Los niños eran bastante agresivos y no se sabía por qué, o mejor dicho, no se quería ver la razón…

En Cataluña había realizado talleres de autoestima y creía que sería importante impartirlos a aquellas madres, ya que casi todas, por no decir todas, sufrían violencia de género en sus casas.

Se lo propuse a las religiosas que dirigían la guardería, pero ellas veían complicada la asistencia. Sin embargo, les pedí que fueran ellas mismas quienes preguntaran a las madres si querían asistir, porque los niños reflejaban todo lo que veían en casa...

Con gran sorpresa, algunas pocas mujeres, sin saber exactamente qué harían, dijeron que sí… Y así fue como comencé mis talleres de autoestima.

Las primeras sesiones eran dinámicas. No me conocían y, además, era española, ajena a su cultura… Lo peor de todo era que solo tenía tres semanas…

Las mujeres fueron abriéndose poco a poco y comenzaron a hablar de los talleres con otras. Tuvimos que crear más grupos de madres, incluso los fines de semana por la mañana. Por las tardes, estaba en la guardería con los niños y, a media tarde, comenzaban los talleres con las madres, cada día…

Había días en los que salía muy afectada, porque hablaban de cosas muy duras, de realidades muy difíciles, y yo estaba allí, acompañando esos momentos, conteniendo las ganas de llorar… Pero a veces no podía evitarlo. Algunos días, cuando se iban, necesitaba llorar para recuperar fuerzas y pensar en los recursos que podría ofrecerles al día siguiente…

Un día en el que no me encontraba bien, me desperté agotada y necesitaba un poco de tranquilidad. Decidí quedarme sola en un aula, copiando a mano las fichas de los niños, ya que no tenían fotocopiadora y era un trabajo importante. Pasaba muchas mañanas haciendo eso porque era algo necesario...

Una mañana de descanso, de estar sola tomando mate… En ese momento, apareció una mujer, madre de uno de los niños. Pensé que venía a hablar con las monjas, pero me dijo que no, que me buscaba a mí…

Le ofrecí sentarse a mi lado y le ofrecí mate. No hicieron falta más palabras; se emocionó simplemente porque una española le ofrecía mate…

Necesitaba ser escuchada, y comenzó a hablar, a hablar… En ese instante, olvidé lo que yo necesitaba y me puse a escucharla…

Todas estas personas tenían y tienen derecho a ser escuchadas, pero nadie lo hacía. Se sentían muy solas, y lo único que yo podía hacer era escuchar, porque tampoco podía derivarlas a ningún sitio. No conocía recursos, y en ese pequeño pueblo probablemente no los había. Además, ellas tampoco querían irse a otro lugar…

Pero lo más bonito fue que, cuando me despedía, me pidieron que volviera, por favor, para hacer talleres sobre cómo hablar de sexualidad con sus hijos e hijas. Allí era un problema muy grave que las niñas se quedaran embarazadas con solo 15 años o menos. Para mí, que me pidieran eso significó mucho; algo había conseguido.

"La acogida es de vital importancia para el posterior desarrollo de la intervención a realizar. En gran medida, en los primeros encuentros está en juego la posibilidad de establecer un vínculo educativo y relacional".
(El acompañamiento. Recursos socioeducativos, Israel Alonso, Jaume Funes)

Efectivamente, creo personalmente que la manera en que acogemos a la persona que tenemos delante dice mucho y tiene mucho que ver con la forma en la que podremos conectar con ella después.

Muchas veces nos quejamos de que hay entidades cerradas, que no trabajamos como nos gustaría, que nos cortan las alas, y todo eso es cierto. Pero también creo que quejándonos no lograremos nada. Dentro de lo poco que podamos hacer, es suficientemente importante. Antes que no hacer nada, vale más hacer lo que se pueda.

Lo mismo ocurre cuando acompañamos a alguien. Quien tiene que caminar es la otra persona, no tú. A veces, lo ves muy claro y querrías ir directamente hacia la solución, pero la persona no. Necesita su tiempo, su espacio, ser escuchada, ser comprendida y muchas otras cosas más.

Y, sobre todo, debemos tener claras las tres A, que yo aprendí en la universidad…

Imágenes creadas para escoltem con IA por elenirc

ACOLLIR, ACOMPANYAR, ACOMIADAR

Especialista en acompañamiento en el duelo en Mollet del Vallès, Barcelona