Mercè Pla
Carta a mi depresión
A ti, que llegaste sin avisar…
No te invité. No te esperaba.
Y, aun así, entraste.
Te colaste dentro sin pedir permiso y te instalaste en el lugar más hondo de mí.
Callada. Silenciosa. Pero llena de peso.
No fue fácil reconocerte.
Te disfrazabas de cansancio, de apatía, de desgana.
Pero en realidad… eras tú.
Eras el vacío que se tragaba mi energía.
Eras la nube que oscurecía cada parte de mi día.
Eras el juicio constante, el nudo en el pecho, el miedo sin forma.
Yo, que me dedicaba a cuidar, a sostener, a acompañar a otros…
No supe qué hacer contigo.
Me hiciste sentir débil, inútil, impostora.
Me repetías al oído:
“¿Cómo vas a caer tú, si ayudas a los demás?”
“¿Cómo puedes estar así, si se supone que sabes cómo se sale?”

Foto: Elena Rubio Boudoir de Llum
Pero no era cuestión de saber.
Era cuestión de sentir.
Y lo que yo sentía era que no podía más.
Me dolía reconocerlo. Me dolía pedir ayuda.
Me dolía mirar de frente lo que tú representabas:
una caída, una fractura interna, un límite que no quería aceptar.
Y, sin embargo…
Hoy te escribo con cierta ternura.
Porque, aunque me rompiste, también me mostraste algo.
Me obligaste a parar.
Me enseñaste que sostener a otros no sirve de nada si no sé sostenerme a mí.
Que cuidar empieza por dentro.
Que no era debilidad, era saturación.
Era dolor acumulado. Eran silencios míos que nadie escuchó… ni yo.
Tuve la suerte de que alguien me sostuvo cuando yo no podía.
Y poco a poco, con cada lágrima, con cada silencio, con cada mañana sin ganas…
fui encontrándome otra vez.
Aún no sé si agradecértelo.
Pero sé que, sin ti, no hubiera empezado este viaje hacia mí.
Firmado:
Yo
La que creía tenerlo todo controlado.
La que, gracias a ti, empezó a ser más honesta.